Cuando la esperanza se desgasta y la calle recupera la palabra

Cuando la esperanza se desgasta y la calle recupera la palabra

Las sociedades rara vez estallan de un día para otro. Antes de que una crisis política o social se vuelva evidente, suelen producirse movimientos subterráneos, cambios en el humor colectivo y señales dispersas que, en apariencia, parecen inconexas. Son pequeños síntomas que anticipan transformaciones más profundas.

La historia argentina ofrece numerosos ejemplos de este fenómeno: primero cambia el clima social; después, la política se ve obligada a reconocer una realidad que ya no puede ignorar.

En las últimas semanas comenzaron a multiplicarse esas señales. La multitudinaria Marcha Universitaria, las movilizaciones vinculadas al movimiento Ni Una Menos, las protestas de jubilados, las expresiones culturales de resistencia y la conmoción popular generada por la muerte del Indio muestran realidades diferentes, demandas específicas y actores sociales diversos. Sin embargo, todas parecen converger en un mismo punto: una sociedad que vuelve a ocupar el espacio público para expresar preocupaciones, frustraciones y reclamos que sienten cada vez menos escuchados.

Durante buena parte de su gestión, el presidente Javier Milei logró sostener un respaldo significativo basado en dos factores fundamentales. Por un lado, la expectativa de un cambio profundo respecto del modelo político y económico que amplios sectores de la ciudadanía consideraban agotado. Por otro, la desaceleración de la inflación, un fenómeno que permitió al Gobierno exhibir uno de sus principales logros en medio de un contexto extremadamente complejo.

Pero la estabilidad de los indicadores macroeconómicos no siempre alcanza para sostener el ánimo social.

La vida cotidiana continúa siendo el principal termómetro de cualquier gobierno. Y allí es donde comienzan a aparecer las dificultades. El poder adquisitivo deteriorado, los salarios que corren detrás de los precios, las jubilaciones insuficientes, las dificultades para sostener actividades productivas y el ajuste sobre áreas sensibles como la educación, la ciencia o la cultura generan tensiones que se acumulan silenciosamente.

Las encuestas empiezan a reflejar esa situación. Diversos estudios registran un crecimiento de la desaprobación presidencial, una disminución de las expectativas económicas positivas y una expansión del pesimismo respecto del futuro inmediato. No se trata necesariamente de un rechazo consolidado al Gobierno, pero sí de una advertencia.

Muchos ciudadanos que acompañaron el rumbo oficial comienzan a preguntarse cuánto tiempo más deberán esperar para percibir mejoras concretas en su calidad de vida.

La política suele cometer un error recurrente: interpretar cada protesta como un fenómeno aislado. Resulta más cómodo atribuir una movilización a intereses corporativos, una manifestación a una oposición organizada o un reclamo sectorial a demandas particulares. Sin embargo, cuando los reclamos comienzan a multiplicarse simultáneamente en distintos sectores sociales, la explicación sectorial pierde fuerza.

Las universidades reclaman financiamiento. Los jubilados denuncian la pérdida de ingresos. Los movimientos feministas vuelven a ocupar las calles para visibilizar problemáticas persistentes. Los trabajadores expresan preocupación por el empleo y los salarios. Los sectores culturales advierten sobre la pérdida de espacios y recursos. Cada demanda conserva su identidad propia, pero todas empiezan a resonar sobre un mismo fondo de malestar.

Es precisamente en ese momento cuando la política debería prestar mayor atención. Porque el problema deja de ser la suma de conflictos individuales y comienza a transformarse en un estado de ánimo colectivo.

La experiencia histórica argentina demuestra que los gobiernos rara vez se debilitan primero en las urnas. Antes aparece algo más difícil de medir pero mucho más determinante: el desgaste de la confianza social. La ciudadanía empieza a perder paciencia. Las expectativas positivas se transforman en dudas. Las dudas derivan en desencanto. Y el desencanto suele abrir el camino a escenarios políticos imprevisibles.

No significa necesariamente que estemos ante el final de una gestión ni mucho menos frente a una crisis terminal. Sería apresurado afirmarlo. El Gobierno conserva niveles de apoyo importantes y mantiene capacidad de iniciativa política. Sin embargo, sí parece posible sostener que estamos asistiendo al agotamiento de una etapa.

La etapa en la que cada crítica podía ser presentada como una resistencia minoritaria al cambio. La etapa en la que toda protesta podía explicarse únicamente por intereses corporativos. La etapa en la que la expectativa social actuaba como un crédito político prácticamente ilimitado.

Ese crédito comienza a mostrar señales de desgaste.

La democracia tiene mecanismos muy claros para expresar los cambios de humor social. Uno de ellos son las elecciones. Pero existe otro, previo y muchas veces más revelador: la calle. Allí se manifiestan los temores, las demandas y las frustraciones que todavía no encuentran representación institucional suficiente. Allí se perciben los primeros indicios de un cambio de clima.

Los gobiernos inteligentes suelen escuchar esos mensajes antes de que se transformen en conflictos mayores. Porque cuando el malestar deja de ser una experiencia individual y se convierte en una sensación compartida, ya no estamos frente a una suma de reclamos. Estamos frente a un fenómeno político.

Y la historia enseña que, en muchas ocasiones, los grandes cambios comienzan exactamente así: como un rumor que corre de boca en boca, se instala en la conversación cotidiana y termina ocupando las calles.

Ignorar ese rumor nunca ha sido una buena estrategia para quienes ejercen el poder.

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