Milagros Amud: la joven que desafía el tiempo del tango y las voces del prejuicio brilla en Velezzo

“Dijeron que con el tango no llegaría a nada”, recuerda Milagros Amud con una sonrisa que mezcla ternura y orgullo. Tiene apenas 19 años, pero su voz y su forma de pararse en el escenario transmiten una madurez que parece venir de otro tiempo.

Finalista de La Voz Argentina, Milagros se ha convertido en una de las revelaciones más genuinas del certamen: una joven que decidió apostar por el tango en una era dominada por los sonidos urbanos.

Criada por sus bisabuelos en una casa donde la radio siempre estaba encendida, su infancia fue una suerte de iniciación sentimental al compás del 2x4.

“Mi bisabuelo escuchaba tango todo el día. Yo me levantaba, tomaba mate con él, y la música era una constante. Él ya no podía bailar, pero el tango seguía sonando como si el alma no se lo permitiera apagar”, cuenta con emoción.

Ese universo cotidiano —hecho de charlas, discos antiguos y juegos de truco— forjó la sensibilidad de una artista que hoy honra esa herencia familiar cada vez que canta.

Milagros sabe que eligió un camino distinto. Desde los trece años escucha comentarios que intentan desalentarla: “Me decían que el tango estaba muerto, que era solo para viejos, que no me convenía”. Pero lejos de rendirse, se propuso estudiar el género en profundidad. Analizó letras, épocas y estilos, convencida de que el tango todavía tiene mucho por decir. “Si hay gente que lo siente y lo vive, entonces no está muerto”, sostiene con firmeza.

Su anillo —una joya heredada de su bisabuela— es su amuleto. Lo lleva siempre consigo, no solo como recuerdo, sino como una presencia viva. “Ella me decía que quería verme triunfar. Cuando falleció, seguí cantando por un pedido suyo. Siento que me acompaña en cada paso”, confiesa.

En los momentos más difíciles, incluso llegó a componer canciones propias como una manera de procesar la ausencia: “No encontraba una canción que me alivie, así que escribí la mía. Fue un quiebre, pero también una forma de sanar”.

El salto a La Voz Argentina fue, para Milagros, un sueño largamente esperado. “Veía el programa desde chica, pero no podía anotarme. Este año me animé y tuve la suerte de entrar”, relata. Cuando Soledad Pastorutti giró su silla, supo que estaba frente a alguien que podía entender su apuesta por la música nacional. “La Sole es una referente, alguien que siempre defendió nuestras raíces. Sentí que me iba a entender”.

En el escenario, Milagros logra algo poco común: que jóvenes y adultos se emocionen por igual. Su manera de cantar tango no imita a nadie, pero respeta la esencia. “Quiero mantener lo que hace único al género, pero también traer algo nuevo, más cercano a mi generación”, explica. Esa búsqueda entre la tradición y la innovación es lo que la impulsa a escribir sus propios tangos, aunque todavía los guarda en silencio.

Con una serenidad que sorprende para su edad, Milagros observa un lento renacer del tango entre los jóvenes: “Después de la pandemia, vi muchos chicos acercarse al género. Hay una pequeña luz que vuelve a encenderse, y eso me da esperanza”.

Aun así, cree que falta un puente entre el tango y las nuevas generaciones: “El folklore logró adaptarse, fusionarse. El tango todavía tiene que encontrar esa pieza que encaje para volver a florecer del todo”.

Mientras avanza en su carrera —y en sus estudios de fonoaudiología y locución—, Milagros Amud sigue aferrada a una certeza: el tango no es un recuerdo, sino una promesa. 

Cantarlo es mi forma de agradecer todo lo que me dio: mi historia, mis afectos, mi identidad. Si puedo hacer que alguien joven lo escuche por primera vez y se emocione, ya me doy por hecha”.

Con su voz dulce y decidida, Milagros no solo canta tangos: los revive. Y en cada interpretación, parece decirle al mundo que el 2x4 sigue latiendo —con la fuerza de una bisabuela, una radio encendida y una juventud que se niega a olvidar.

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