En medio de avances tecnológicos impresionantes, inteligencia artificial, autos sin conductores y aplicaciones capaces de resolvernos la vida en segundos, hay algo esencial que pareciera haberse ido perdiendo silenciosamente: la empatía.
Vivimos conectados permanentemente, pero cada vez más lejos unos de otros.
La pandemia, que marcó a toda una generación, parecía haber llegado para enseñarnos algo. Fueron años difíciles, de encierro, de miedo, de incertidumbre y también de aprendizaje. Muchas personas ni siquiera tuvieron la posibilidad de sobrevivir para contarlo. Otras debieron reinventarse emocionalmente para seguir adelante.
En aquellos días descubrimos pequeñas cosas que parecían olvidadas: compartir tiempo, escuchar, cocinar, aprender algo nuevo, acompañarnos a la distancia y valorar simplemente estar presentes. Hasta convivieron cuatro generaciones bajo un mismo techo intentando sostenerse mutuamente. Muchos chicos aprendieron a leer en pandemia y muchas madres tuvieron que convertirse también en maestras.
Parecía que algo dentro nuestro iba a cambiar para siempre
Pero el tiempo pasó, el mundo volvió a abrirse y corrimos nuevamente detrás de la rutina. Viajar, salir, festejar cualquier ocasión se transformó en una necesidad casi desesperada de recuperar el tiempo perdido. Sin embargo, en ese regreso a la normalidad, algo quedó expuesto: seguimos teniendo enormes dificultades para ponernos en el lugar del otro.
Hoy pareciera imponerse una frase peligrosa:
“Si no me pasa a mí, no me importa”
La situación que atraviesan hoy muchos jubilados en Marcos Juárez también deja al descubierto esa realidad. Mientras cientos de personas mayores viven con incertidumbre, traslados y falta de respuestas claras sobre su atención médica, gran parte de la sociedad observa el problema desde lejos, como si no tuviera nada que ver con ellos. Se olvida fácilmente que todos, tarde o temprano, transitaremos esa misma etapa de la vida. En medio de esa incertidumbre, también es justo reconocer el esfuerzo de médicos, enfermeros y trabajadores de la salud que intentan sostener la situación con compromiso y humanidad, aun cuando muchas veces deben hacerlo sin los recursos ni las respuestas necesarias.
Las personas comenzaron a transformarse en números, expedientes o apellidos. Como cuando en la escuela tomaban asistencia: “Aguirre… Pérez…”. Sin nombres, sin historias, sin humanidad detrás.
Y eso duele.
Porque detrás de cada persona hay una vida entera. Hay miedos, pérdidas, sueños, cansancio, angustias y luchas que muchas veces nadie ve.
También cambiaron los vínculos. Los jóvenes pueden compartir una mesa y aun así hablarse por teléfono. Un mensaje reemplaza una conversación y hasta un llamado puede parecer invasivo si no fue avisado antes. Poco a poco, la inmediatez fue ocupando el lugar de la cercanía.
Tal vez la tecnología siga avanzando y algún día las máquinas puedan reemplazar muchas de nuestras tareas. Quizás incluso existan humanoides capaces de hacer casi todo lo que hacemos nosotros.
Pero hay algo que no deberíamos permitirnos perder: la capacidad de sentir, escuchar y empatizar.
Porque ser humano no debería convertirse en una característica secundaria
Todavía estamos a tiempo.
La empatía no siempre requiere grandes actos. A veces empieza con algo simple: un saludo, pedir perdón, escuchar antes de responder, respirar profundo antes de discutir por algo insignificante. Frenar unos segundos antes de convertir todo en un caos.
Escuchar también ayuda.
Acompañar también ayuda.
Mirar al otro como persona también ayuda.
Ojalá podamos reaccionar antes de acostumbrarnos definitivamente a la indiferencia
Y no, no es un deseo de Navidad.
Es un deseo urgente.
Uno que debería hacerse realidad cualquier día, a cualquier hora.

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