El rumbo y el bolsillo: el riesgo de gobernar para una sociedad que ya cambió
El problema es que, con el paso del tiempo, la paciencia social tiene un límite y la economía cotidiana no se mide solamente en variables macroeconómicas.

No es un secreto. Javier Milei sostiene que está dispuesto a perder elecciones antes que modificar el rumbo económico que considera correcto. Esa definición puede leerse como una muestra de convicción. También como una señal de fortaleza política.
Pero, a casi tres años de gestión, empieza a esconder un riesgo cada vez más evidente: la posibilidad de que el Gobierno siga respondiendo a la Argentina que lo llevó al poder, sin advertir que una parte de esa sociedad ya cambió sus prioridades.
Milei llegó a la Presidencia sobre una promesa brutalmente simple: terminar con la inflación, achicar el Estado y romper con una dirigencia que había fracasado durante décadas. El ajuste no era un accidente del programa; era su corazón.
El problema es que, con el paso del tiempo, la paciencia social tiene un límite y la economía cotidiana no se mide solamente en variables macroeconómicas.
Porque se puede celebrar el equilibrio fiscal, discutir la baja de la inflación o defender la disciplina monetaria. Pero en la calle, en una pyme, en un comercio o en la mesa familiar, la pregunta es otra: ¿alcanza el sueldo?, ¿hay trabajo?, ¿se puede llegar a fin de mes?, ¿hay perspectivas de mejorar?
Ahí aparece la principal tensión del Gobierno. La macroeconomía puede mostrar señales de orden, mientras el bolsillo sigue atravesando una realidad mucho más áspera. El trabajador que perdió poder adquisitivo, el jubilado que ajusta cada gasto, el pequeño empresario que vende menos y la familia que dejó de consumir no necesariamente discuten teoría económica. Discuten supervivencia, incertidumbre y futuro.
Y la política empieza a registrar ese cambio.
Según un estudio de Aresco, existe un sector que representa alrededor del 23 por ciento de los votantes y que no se siente cómodo ni con Milei ni con Axel Kicillof. Un espacio todavía sin líder, sin identidad común y sin una estructura política que lo represente. Pero sería un error subestimarlo: no tener dueño no significa no tener demandas.
Ese electorado parece estar diciendo algo bastante concreto. No quiere volver al pasado, pero tampoco está dispuesto a aceptar que el único futuro posible sea el ajuste permanente. Busca diálogo, negociación y consenso. Quiere equilibrio fiscal, pero también empleo. Quiere controlar el gasto público, pero desarrollar la producción. Quiere honestidad, pero también sensibilidad.
En definitiva, no está pidiendo magia: está pidiendo que el orden económico tenga una traducción en la vida cotidiana.
Allí se abre un vacío político.
El kirchnerismo tiene dificultades para recuperar la confianza de quienes responsabilizan al modelo anterior por el desastre económico que Milei heredó. Pero el oficialismo tampoco puede dar por sentado que el rechazo al pasado implica una adhesión eterna al presente. Entre ambos extremos aparece un “ni Milei ni Kicillof” que podría transformarse en abstención, en voto en blanco o, eventualmente, en la base electoral de un nuevo liderazgo.
Patricia Bullrich parece haber detectado esa tensión. Sus mensajes recientes, con mayor énfasis en la empatía hacia las familias y las pymes, muestran un intento por combinar pertenencia al oficialismo con una comprensión más directa del malestar social. Es una búsqueda delicada: defender el rumbo sin quedar asociada a la indiferencia frente al sufrimiento que ese rumbo produce en el corto plazo.
También hay movimientos y especulaciones alrededor de otros nombres. Santiago Caputo conserva capacidad de influencia, aunque su perfil público haya mutado. Victoria Villarruel sigue representando una incógnita dentro y fuera del oficialismo. Jorge Brito, Dante Gebel o Daniel Hadad aparecen, por distintos motivos, en conversaciones de círculos políticos y empresariales. Pero, por ahora, ninguno parece ocupar realmente ese espacio.
Tal vez porque el problema no es solamente encontrar un nombre.
Para ocupar ese vacío tendrá que entender algo que hoy parece escaparles a varios dirigentes: la sociedad argentina puede querer estabilidad sin resignarse a vivir peor; puede rechazar al populismo sin enamorarse del ajuste; puede defender el equilibrio fiscal sin aceptar que la única variable de corrección sea su propio bolsillo.
Milei puede tener razón en una cuestión fundamental: los cambios estructurales requieren tiempo y no siempre son populares. Pero la política no se gobierna solamente con convicciones. También exige lectura del clima social, capacidad de corrección y sensibilidad para detectar cuándo una estrategia empieza a desconectarse de quienes se pretende representar.
La gran incógnita es si el Presidente interpreta el malestar actual como el costo inevitable de una transformación o como una advertencia que obliga a recalibrar.
Porque una cosa es estar dispuesto a perder una elección por defender un rumbo. Otra muy distinta es perder la conexión con una sociedad que, aun cuando comparte parte del diagnóstico, ya no está segura de aceptar cualquier tratamiento.
Y allí está el verdadero problema del Gobierno: quizá la discusión ya no sea solamente si Milei tiene razón en la economía. La discusión es si los argentinos todavía pueden esperar el tiempo que su programa necesita.
El equilibrio fiscal ordena las cuentas del Estado. Pero ninguna sociedad vive dentro de una planilla de Excel. La estabilidad, para convertirse en éxito político, tiene que llegar al bolsillo, al empleo y a la expectativa de futuro.
Si eso no ocurre, el “ni unos ni otros” dejará de ser solamente un dato de una encuesta y puede convertirse en la noticia política más importante de los próximos años.





